INICI | PROGRAMACIÓ | NOTES DE PREMSA | DOCUMENTS | ÀLBUM | CONTACTE |

UN WESTERN AUTÉNTICO

Por Enrique Herreras

Cuando Miquel Santamaría me llamó para iniciar una actividad novedosa, la de contar a partir de esta edición de la Mostra d'Alcoi con lo que él denominó "Periodista invitado", el primer pensamiento que me vino -raudo, veloz, espontáneo y franco-, fue a modo de pregunta: ¿cómo casaba esto con una feria donde lo fundamental es la oferta y la demanda? La oferta de unos espectáculos y la demanda de unos programadores. Ni más ni menos. Pero, también enseguida, recordé que, tanto en éste como en otros festivales, hay una constante cuando se juntan programadores o profesionales, y es la de hablar de lo que se ha visto, tomando un café, o a paso ligero de un teatro a otro. Discutir incluso. O en todo caso, valorar lo visto. Porque la crítica, no sólo la profesional, es algo inserto en la actividad teatral y artística en general. Necesitamos hablar, opinar. Se sea espectador, programador o profesional. Y es bueno que eso ocurra, porque cuando se habla de algo es porque eso importa. También el mercado opina, critica; al fin y al cabo, los programadores seleccionan. Y repito, valoran. Además, lo hacen habitualmente los compañeros de profesión. No hay crítico más feroz que el actor (o la actriz) que juzga la labor de un compañero. Entones, ¿por qué no juntar a todo ello una opinión escrita, es decir, pública? Una opinión sobre la que también se opine, valga la redundancia, y así enriquecer el debate. Las vitaminas teatrales.

Sí, la crítica teatral es un oficio que suscita tantas dudas como ocasionales malentendidos y satisfacciones. Pero, como dijo una vez Marcos Ordóñez, "detenerse un momento para reflexionar sobre la experiencia teatral, sus interioridades y las sensaciones que se tienen desde el patio de butacas es una práctica saludable y clarificadora".

Pobre del teatro si se deja algún día de hablar de él en los medios. Pobre si deja de ser información (también ésta hay que crearla, algo que olvidan a menudo las gentes de teatro), y más pobre todavía si dejan de lazarse juicios de valor. Una crítica, aunque sea negativa (hay siempre que subrayar que crítica no es igual a negativo), hoy por hoy, con tanta competencia informativa, es un lujo. Por ello dije sí a Miquel, porque abrir un espacio, como el de la página Web de la Mostra, es ofrecer un punto mayor de calidad de vida a lo que se programa.

Bueno, pues ya ha llegado el momento, he ahí mi opinión, a modo de crónica sobre lo visto y vivido el primer día de la Mostra del 08. Y tengo que señalar, en principio, que me he tomado esta edición con un interés especial, porque llevo unos días deliberando, cavilando, sintiendo, que últimamente no ocurren demasiadas cosas importantes en el teatro valenciano. Y uno siempre espera que la cosa se anime, en una próxima temporada, porque a nadie le disgustan los dulces. Decía Adolfo Marsillach que el crítico, desde que se sienta, está pensado en lo que va a decir, por eso no se conmueve. No sé si es cierto. No sé a quien le ocurrirá eso, pero sí lo es que el teatro es uno de los mejores lugares donde estar cuando hay arte, pero nada grato cuando la cosa no funciona.

En fin, es hora ya de plasmar mis impresiones. Y una de las primeras provino del último espectáculo del Circo Gran Fele, Samsara. Evidentemente no se puede valorar el trabajo en su pureza, ya que un escenario -por cierto era la primera vez que pisaba el remodelado Teatro Calderón, y me parece, a simple vista, una sala excelente- no es la carpa, su lugar de nacimiento, de conformación del espectáculo. Hacía algún tiempo que no veía un nuevo trabajo de este circo del que siempre he considerado, sobremanera, su existencia. De todos modos, percibo que le falta un punto de evolución. Han cambiado los números, ha cambiado algo la estructura del espectáculo, pero echo en falta una dirección escénica y una dramaturgia más pulida. A los interludios de los números le suele faltar ritmo y guiones más certeros. También en los números de payasos (ahí todo circo se la juega). Y, en efecto, hay ingenio en crear en cada ocasión una palabra clave pero extraerle todo el jugo teatral, en presentar los números, que siempre mantienen dignidad y juventud y, algunos, llegan a ser deliciosos. Y no, no pido más calidad a los números, y sí que están más arropados, teatralmente hablando. ¿No se define este circo como teatral? Pues que así sea.

Una cierta frialdad

Del circo Gran Fele pasé al Teatro Principal, a Insumissió, un montaje Xarop Teatro a partir del texto con el que la valenciana Rosa Molero ganó el XII Premio Nacional de Teatro 'Castellón a Escena' en 2006. A decir verdad, ya había tenido un encuentro con esta historia de un maltrato, hace poco, a través de una de esas lecturas dramatizadas que organiza la SGAE de Valencia. Allí contó con una dirección de Gabriel Ochoa y un montaje audiovisual (espléndido) del cineasta Rafa Montesinos, y la música en directo del inclasificable cantante y violonchelista barcelonés Pau de Nut. Un texto al que se le puede sacar algunos defectos, como un exceso de poética, o embadurnado de esa manera actual de presentar personajes a base de lo que antiguamente se llamaba apartes, es decir, de confesarse con el público. Habría que diferenciar más lo que se dice en la intimidad a lo que se dice en la convivencia diaria. Pero tampoco le faltan virtudes: una historia cotidiana sobre la que planea la tragedia de la violencia de género, pero que, sin embargo, huye del drama desesperanzado y de la violencia explícita. O la utilización de la mirada de un niño para explicar algunas situaciones. También que el texto es abierto, y por ello permite un lucimiento de la dirección escénica. No creo que acontezca en este caso. La puesta en escena de Carlos Benlliure ha buscado movimientos, la utilización de la música, de la luz (no se entiende del todo el cambio de color, ¿es el estado de ánimo de cada uno de esta pareja?), de movimientos coreográficos, pero evidencia demasiado las situaciones, y no logra, según mi parecer, despertar interés por lo que ocurre en escena. Tal vez a ello contribuye una pobre dirección de actores. Jessica Belda tiene más posibilidades de las que muestra, anímicamente expresa mejor que verbalmente, pero Juanma Picazo sufre para hablar y sentir deforma orgánica. Hay que seguir buscando el modo de encontrar la fórmula del nueve de este sugerente, aunque a veces algo previsible, drama.

¡Oh, la la!

Por motivos de coincidencia de horario, no pude volver a ver C'est la vie o cómo sobrevivir a Edith Piaf, de la Cía. de Repertorio Contemporáneo, así que tuve que rememorar el estreno en el Teatro Talia de Valencia. Alguien, aquí, en Alcoi, me dijo que había mejorado en chispa y gracia desde aquellos días. Ya intuí en su momento que este pequeño musical, original del norteamericano Gregg Opelka, versión en castellano de Pedro Montalbán Kroebel, era un diamante en bruto. O al menos, una buena idea (que ya es). Un musical para dos actrices y un piano. Y más si conoces a dichas actrices. No obstante, y esto dicho con las debidas precauciones, le encontré un defecto: la necesidad de más chistes en escena, de más chispas cómicas. No en lo que hacen las actrices, sino en lo que dicen. Vemos que el tono disparatado utilizado precisaría de una mayor eficacia en los gags verbales. Llevarlo -es una proposición- aún más al género ínfimo español (por ejemplo, está muy bien el gag de la plumas de revista). Esto hace que la cosa no se redondee (así lo vi, pero parece la cosa ha cambiado) a pesar de contar con muchos elementos a favor. La música, las canciones, el ritmo y la propia la idea (como decía): dos chanteuses, dos mujeres con mucho carácter y muy distintas, en un cabaret parisino de los años 50, se cansan de cantar todos los días a Edith Piaf, y se rebelan. Dicha rebelión es el eje de este divertimento que, en general, entra bien por los ojos y las orejas.

El director (Esteve Ferrer) ha creado un ambiente fresco y desvergonzado, con ritmo. A veces, como he señalado, el texto no acompaña, pero sí, y mucho, el pianista (Arcadi Valiente), así como el material musical de alta radiación (la dirección musical es de Nacho Maño); y, claro, en estas luces de candilejas, la palma se la llevan M.ª José Peris y Silvia Rico: exponen en el escenario no sólo su gran talento para el canto, sino que se las arreglan bien para lograr un efecto teatral notable. ¡Oh-la-la!

A continuación pasé a lo último del día, Fool for love, de la Cia. The Process. También era la segunda vez que la veía, y aunque eché en falta a los mariachis en directo, le sentó muy bien esta otra llamada de cartero. La obra me volvió a rememorar el filme que Robert Altman realizó a partir de esta obra de Sam Shepard, protagonizado por Kim Basinger. A vislumbra de nuevo el llamado realismo americano. Al fin y al cabo ésa es gracia de los textos del marido de Jessica Lange, y también actor, su pasión por lo auténtico de la vida. Por ello tituló su obra más conocida El verdadero Oeste.
Pero si en la primera vez intenté comparar con la película, en la presente me puse a disfrutar con el lenguaje teatral creado y recreado por Adan Black. Y, verdaderamente el montaje creció en mi consideración, sobre todo la atmósfera erigida para exponer unos personajes que aman, sufren, lucha. Contradictorios y ambiguos. Personajes que cabalgan verbalmente a través de las ruinas del Oeste, que se han difuminado en un paisaje de leyenda. Y, al no encontrar lo que buscan, utilizan sus sueños como armas arrojadizas. May y Eddie se aman y se odian, se odian y se aman. No pueden vivir el uno sin el otro, pero tampoco pueden vivir juntos.

El montaje es rico imágenes y sonidos, con la utilización magistral de la música, y una atmósfera expresionista donde se une lo físico con lo tecnológico. Ivan Sánchez se adapta muy bien a un delirante Cowboy, que vive de recorrer las extensas carreteras de los EE UU con un camión.

En fin, espectáculos como el presente enriquecen a la Mostra, porque hacen que el teatro valenciano se confronte con otras experiencias. También aconteció con lo primero de la tarde, cuando se nos contó La verdadera historia de los Hermanos Max (Teatro Meridional), o en todo caso un juego repleto del humor de los Marx, con ellos en persona (buenos actores), con algunas escenas inéditas de su vida privada, con otras ya aplaudidas. Y dos huevos duros.