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QUÉ EL TIEMPO SE PARE! Por Enrique Herreras
La mañana del segundo día de la Mostra d'Alcoi comenzó con un sueño. Volver a tener cuatro o cinco años para poder sorprenderse de que hay piedras con cabeza y que incluso las que no tienen cara, pueden tenerla. También que dichas piedras pueden ser un rico tesoro, si se clasifican, si miras lo que hay dentro de ellas si las convierte en peces y otros personajes, como la cabeza del hombre-lata. Todo ello lo aprendimos gracias al último montaje de L'Home de Teatre Dibuixat, titulado precisamente Pedra a pedra. Sí, piedra a piedra con la que juega el actor Tiam Combau (dirección Rosa Díez, precisa, justa), con un una tranquilidad, sosiego y serenidad con el que seducía y conducía a los niños reales y a los imaginarios, a los soñadores) por un pequeñísimo pero a la vez amplio horizonte de situaciones y hasta una fiesta. Una delicia. Y de piedra a piedra, y después de que el hombre-lata, por fin encontrase un amigo, tiro porque me toca. Porque lo siguiente también tuvo mucho de ensueño. Se trataba del nuevo montaje de Albena, en coproducción con la Cía. vasca Tantakka, con el que se ha recuperado la forma de hacer del premiado Artefactes, pero yendo esta vez a crear un asombroso Museo del tiempo. Todo parte, como el anterior, de los ideados artefactos y artilugios de José Antonio Portillo, un auténtico mago (hay magia también en el montaje) para encontrar el corazón infantil, y esas historias que llegan justamente a dicho corazón. Esté en la edad que esté. Una mago que ha encontrad los recursos precisos para que en el mundo rueden historias, para que se inventen relojes que retrasan los segundos, y para que finalmente se entre en dicho museo, un espacio en medio de un bosque de árboles repletos de cartas, de vivencias, donde se cuentan, entre otras cosas, todos esos objetos que han significad algo y se entierran para que lo sigan haciendo, sino por los siglos de los siglos, sí al menos que detengan al tiempo. También hay en el museo objetos huérfanos de una historia. Todo ello, convertido en teatro desde la dramaturgia de Patxo Tellería, y dirección de Fernando Bernués y Laura Useleti, visto y hallado a través de dos personajes, el relojero y archivero (Alex Cantó) y una aficionado a la magia (Nacho Diago). Pero no todo queda ahí, la irrupción de un tercer personaje, un inmigrante (Julio Salvi) dará un mayor juego a esta forma de gozar con el teatro cuando éste propone cosas como seducir con historia pero también con ayudar a crearlas. Mitos occidentales Ya por la tarde, con el pensamiento puesto sobre el objeto a enterrar, o sobre ese huérfano al que, como decía, ha que buscarle su historia, la compañía Arden nos presentó su más reciente producción. Clandestinos, así se titula el nuevo texto de Chema Cardeña, este salto en el tiempo. Y lo primero que hay que decir es que para quienes admiramos la tragedia griega, aquí se actúa de modo parecido. No digo que sea una tragedia, sino que recupera su espíritu. Porque, al fin y al cabo, las tragedias eran reinterpretaciones de los mitos, en este caso se trata de una especie de leyenda apócrifa a partir de un mito occidental, ahora llamado Jeshuà de Nazareth. Él es el protagonista, pero vista a través de diversos personajes de su alrededor, seguidores que caen en una emboscada por quienes lo han apresado. He ahí el eje de la acción, la reacción de éstos, después deque cada uno haya sido interrogado, en una vivencia en común y miedo a ser ejecutados. Aparte de percibir las reacciones de cada uno, o de que el espectador, a través de imágenes grabadas asista los interrogatorios, la cuestión es descubrir quién es el traidor, el que ayudó a acabar con el hombre Jeshuà, y al mismo tiempo inmortalizó su mensaje. En fin, asistimos a una obra en la que prima la atmósfera de la detención, y con ese punto de intriga final. Y qué duda cabe que Cardeña tiene oficio para construir la pieza, para que se siga bien. Hay chispazos en este lenguaje seco, afilado. De todos modos, creo, que debiera rebajar un tanto el lenguaje grandilocuente y hacerlo algo más cotidiano. También la dirección actoral, hay potencia en general, pero haría falta encontrar más matices en los personajes, hacerlos un tanto más cercanos, menos arquetipos. Todo ello dicho desde la percepción de que la obra está bien construida, tiene fondo y forma, aunque también el reto de que un tema, tan particular, interese a un público. Bueno, éste lo tiene todo lo que se escribe y representa. También la siguiente obra, con un estilo bien diferente, ese verismo, esa búsqueda de las situaciones cotidianas en las que algunos autores norteamericanos son unos maestros (es su mejor tradición). En este caso Stephen Belder ha conformado en Tape, un encuentro entre dos antiguos compañeros de colegio. Un encuentro que sigue los cauces habituales hasta que chocan con un recuerdo en común, su relación con una chica, que, precisamente, uno de los personajes ha citado. Esto da pie a hablar de la amistad, del amor, pero también del modo cómo los recuerdos han tergiversado muchas veces los hechos. Esto permite disparar la situación, sacarle punta y materia teatral en unos diálogos y situaciones siempre vivas. En el papel, pero para que ello acontezca también en el escenario, los tres actores (Queralt Albinyana, Rodo Gener y Xavier Frau), desde la dirección de Àlex Tejedor, ofrecen una lección de lo que es ser verídicos y creíbles. Un loco genial Y de un texto contemporáneo (el que parte del mundo de la vida,
de pequeñas historias) a todo un clásico, Enrique IV. Una
obra que rompió moldes y más de uno habla del teatro "antes"
y "después" de Pirandello. Si bien el autor siciliano
conserva las claves de la alta comedia, lo hace para darle distintas vueltas
de feria, para añadirle un personaje (Enrique IV) repleto de una
poética y fuerza digna de Shakespeare. Un choque que va unido a
ese "teatro dentro del teatro" del que tanto insistió
Pirandello. Los personajes poseen varias dimensiones: actores que interpretan
a actores que a su vez interpretan. Y más el protagonista, un loco
que lo fue, que perdió la noción de realidad, y los demás
se amoldaron a su locura (la corte de Enrique IV), pero que ya no lo es,
por lo que vive su cordura en un disfraz de locura. Todo esto no es algo
puramente caprichoso, formal, o posmoderno, sino que va acuñado
con un buena fibra filosófica (por eso la obra es grande y no sólo
redonda). ¿Dónde está la locura y dónde la
razón? ¿La realidad y el engaño?
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